El mártir del Gólgota
El mártir del Gólgota —No he de olvidarlo. Ahora dame tu permiso para partir: antes de cuatro dÃas la luna estará en su lleno y desde aquà a Jerusalén hay tres jornadas largas.
—La paz de Dios sea contigo durante el viaje —contestó el anciano.
Y luego dirigiéndose a uno de los bandidos, continuó:
—UrÃes,[6] acompaña a este muchacho por el subterráneo al camino crucero de los romanos.
—¿Le vendamos los ojos? —preguntó UrÃes a su capitán.
Abaddon miró un instante a Dimas y éste mantuvo aquella mirada con tanta nobleza, con tal serenidad, que el capitán, dirigiéndose al bandido, dijo:
—No es necesario: yo fÃo en su palabra: no le vendes los ojos, pero llévale por el camino largo.
UrÃes alzó la trampa y desapareció por ella, seguido de Dimas.
Ambos caminaron por espacio de media hora por un subterráneo. El camino era oscuro, la atmósfera pesada y salitrosa, y enfriaba con sus vapores las sienes de los dos caminantes.
—¡Por Jacob! —exclamó Dimas— que si no me das la mano para guiarme, creo que voy a dejar los sesos en alguna de estas rocas que amenazan caer sobre nuestras cabezas.