El mártir del Gólgota

El mártir del Gólgota

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—Toma, y sígueme sin miedo: el piso es suave y la bóveda es tan alta que Goliat y Saff, si no hubiesen muerto, podrían pasar sin inclinar la cabeza.

Y diciendo esto, el bandido le alargó la punta de su capa o manto, que Dimas cogió. De vez en cuando el joven aventurero sentía sobre su rostro un airecillo fresco, lo que le indicaba que algunos agujeros practicados en la roca permitían la renovación del aire en aquella galería subterránea.

—¿Son respiraderos esas ráfagas de viento que se perciben de vez en cuando? —preguntó con naturalidad Dimas.

—Son caminos que conducen a otras salidas. ¡Oh! Si los soldados de Herodes llegan algún día a descubrir nuestra madriguera, trabajo les doy para encontrarnos.

Dimas comprendió que se las había con hombres prudentes y entendidos en el oficio, y eso le regocijó.

Por fin el bandido se detuvo, diciendo:

—Ya hemos llegado. Ayúdame a levantar esta piedra.

Dimas le obedeció y poco después vio los rayos de la luna que lucían como hebras de plata sobre el dilatado valle que se extendía a sus pies.

Miró en torno suyo para reconocer el terreno.

—No veo el castillo —dijo.


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