El mártir del Gólgota
El mártir del Gólgota —Mi padre debe haber expirado a estas horas; pero en el caso que viva el dÃa de la batalla, ¿por ventura no ha sacrificado él a mi madre, a mis hermanos? ¿No me persigue con el intento de sacrificarme? Pues entonces calle la voz de la naturaleza y hable el odio que busca en la lucha. Ojo por ojo, diente por diente, como ha dicho el legislador de Israel, el sabio Moisés.
—Hermanos, ¿aceptáis la fraternidad de este joven? —les preguntó Sedoc después de una pausa.
—Que jure sobre las leyes de Israel —dijo MatÃas.
—SÃ, que jure —repitieron Dimas y Judas.
—Sea —murmuró el asenio.
Y levantándose, se encaminó a uno de los extremos de la cueva de donde volvió al momento con el volumen de la ley en la mano. Este volumen no era un libro: eran dos cilindros de madera. Sedoc sentóse por segunda vez entre sus compañeros y MatÃas bajó la lámpara de modo que la llama bañara con sus rayos la frente del anciano.
Entonces el asenio, cogiendo con sus manos los cilindros por los pequeños manubrios, los levantó sobre su cabeza y comenzó a hacer girar sus ruedas de modo que el pergamino o papiro donde estaban escritas las leyes de Moisés, saliendo de un cilindro y después de rodar por su frente, fuera a esconderse en el otro cilindro.