El mártir del Gólgota
El mártir del Gólgota En este momento, el águila de oro que Herodes había colocado como una baja adulación a Roma sobre la entrada oriental del templo, cayó rodando en pedazos a los golpes de algunos jóvenes hebreos, que armados con martillos se habían encaramado sobre el alto pórtico.
Un clamor general siguió a este rasgo de audacia. Este grito tenía varias entonaciones: las unas de gozo, las otras de asombro, las más de espanto. Las mujeres, los niños y los ancianos huyeron en alas del miedo a encerrarse en sus casas. Los soldados de Antipatro, los bandidos de Dimas y los discípulos de Sedoc, Matías y Judas se agruparon en los atrios, y las ocultas espadas brillaron a los rayos del sol. Por otra parte, la curiosidad había formado sus grupos de espectadores indecisos, que esperaban con impaciencia el resultado de aquel motín inesperado.
La noticia, como acontece siempre en semejantes casos, corrió con rapidez por todos los ámbitos de la ciudad y, por fin, se detuvo en el palacio de Herodes, y fue a posarse en los oídos de su hijo Archelao y su general Verutidio.
Las trompetas de las legiones reunieron a los soldados del Tíber. Verutidio y Archelao desnudaron sus espadas, y montando a caballo, se encaminaron al sitio en donde el motín comenzaba a alzar su cabeza, resueltos a todo trance a castigar a los revoltosos.