El mártir del Gólgota
El mártir del Gólgota —¡Nobles de Israel! ¡Ilustres primogénitos de Judá! Nada temáis. Mi reinado, si es que el César nuestro señor, le place que yo os gobierne, no empezará con un crimen tan horrible, con un asesinato tan espantoso. Yo quiero vuestro cariño, y no vuestro odio; quiero vuestras bendiciones, y no vuestras amenazas; mi padre os sentencia a muerte, yo os salvo la vida. Libres sois: podéis abandonar el hipódromo cuando os plazca.
Y diciendo esto, rasgó el pergamino e hizo volar por el aire sus pedazos. Imposible serÃa describir el entusiasmo de aquellos infelices. Caminar hacia la muerte y encontrarse con la vida, es una alegrÃa que no hay palabras con que describirla. Archelao fue llevado en triunfo a su palacio, y su reinado tuvo un comienzo que bien pronto desmintió la perversa sangre que circulaba por sus venas. Herodes el Grande fue conducido al sepulcro con un lujo, con una ostentación tan desusada en aquella época, que los israelitas solÃan decir:
—¡Quién comiera como el rey Assuero y fuera enterrado como el rey Herodes!
Assuero dio banquetes que duraron cien dÃas; Archelao hizo fiestas por la memoria de su padre en todo Israel, y el número de las plañideras que acompañaban al cadáver subÃa a cinco mil; pero aquellos lamentos, aquellas lágrimas compradas con el oro de sus vÃctimas no subieron al cielo.