El mártir del Gólgota
El mártir del Gólgota Algunas noches, cuando los espías no traían nuevas favorables y era preciso permanecer encerrados en su madriguera, Dimas, que había comprado en Sichem[12] El Pentateuco,[13] les leía las sagradas y patriarcales narraciones que el historiador dogmático, el insigne filósofo, el admirable teólogo, el inspirado profeta Moisés, había escrito para los descendientes de Abraham. Esta sublime inspiración del Eterno que transmitió al pueblo israelita su ilustre caudillo y libertador, tenía agradablemente entretenidos a aquel puñado de hombres que el crimen había expulsado de la sociedad, obligándoles a vivir en las profundidades de las cuevas como las fieras carnívoras del desierto.
A veces, cuando Dimas con dulce y sentida entonación les trasmitía las sabias narraciones del legislador del Sinaí, los feroces bandidos prorrumpían en espontáneas aclamaciones, y la admiración hacia su joven compañero llegaba hasta el entusiasmo.
Entonces los bandidos aconsejaban a Dimas que abandonara su nombre, que ningún significado divino tenía entre los hebreos, y se pusiera otro de aquellos que, añadiendo algunas letras, según su costumbre, expresaban una condición celeste u honrosa en el que lo llevaba.
—Todos le queremos como a un hijo —gritaba un bandido—. Pongámosle por nombre David (Amado), que ese es el nombre que le corresponde.