El mártir del Gólgota
El mártir del Gólgota Tiberio esperaba silencioso junto a la cabecera de su lecho el instante cercano de la muerte para recibir el último beso del César, en el cual, según creÃan los romanos de entonces, se escapaba el alma, y se introducÃa por la boca del pariente que le recibÃa. Tiberio abrió los ojos al cadáver y le estuvo contemplando un breve instante. Después aplicó sus labios a la boca del difunto emperador.
—El alma de los moribundos está en los labios —exclamó Tiberio dirigiéndose a los que le rodeaban—: yo he recibido la de Augusto.
Y luego, quitándole una sortija y colocándosela en el dedo del corazón, exclamó con voz grave y dolorosa:
—Octaviano Augusto, emperador romano, ha muerto.
—¡Ha muerto! ¡Ha muerto! —repitieron los presentes cayendo de rodillas y apoyando la cabeza sobre el lecho del cadáver.
Transcurrió una hora, durante la cual reinó el mayor silencio en la habitación. Tiberio se incorporó, y acercando sus labios al oÃdo del cadáver, dijo con voz vibrante.
—¡Octaviano Augusto, álzate de tu lecho mortuorio!
Volvió a transcurrir otra hora y Tiberio volvió a repetir: