El mártir del Gólgota

El mártir del Gólgota

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Cerraban la marcha fúnebre algunas centurias de tropa escogida, con las banderas hacia abajo y dando golpes con sus armas al compás de una marcha, en señal de desconsuelo. El séquito fúnebre llegó al Foro, y se detuvo al cadáver bajo la tribuna de las arengas. Un magistrado, pariente del difunto, subió a la rostra,[23] y allí pronunció el panegírico de Augusto y una oración fúnebre. El orador terminó y el cadáver fue conducido, para ser quemado, al sitio marcado por la ley. Las andas con el cadáver fueron colocadas sobre la pira, y los parientes prendieron fuego a la leña seca, volviendo la cabeza a otra parte para demostrar su repugnancia. El pueblo rezaba con fervor para que los vientos favoreciesen el progreso de las llamas. Mientras tanto, los parientes arrojaban sobre el fuego los vestidos, las armas y los objetos de valor que el difunto había apreciado en vida. Las tropas desfilaron tres veces alrededor de la pira, con las banderas inclinadas. Después apagaron el fuego con vino, recogieron las cenizas y las encerraron en una urna de oro, y soltando un águila, exclamaron todos:

—¡Llévate al cielo el alma del César!




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