El mártir del Gólgota
El mártir del Gólgota Se despidieron. Antipas se quedó solo, y se puso a dar paseos por la habitación. De vez en cuando se asomaba a una ventana y permanecía contemplando el oscuro horizonte cuajado de resplandecientes estrellas. Así transcurrieron dos horas. El tetrarca comenzaba a impacientarse. Por fin se oyeron pasos ligeros en el corredor que conducía a la habitación del ilustre huésped.
Antipas se acercó a la puerta y aplicando el oído a la cerradura escuchó un momento.
—¡Es ella! —se dijo.
Y abrió la puerta. Herodías entró en la habitación. Antipas cerró la puerta y ambos fueron a sentarse en un cómodo diván. La culpable esposa de Filipo tenía una hermosura resplandeciente. Sus labios eran rojos como la flor del granado, sus pupilas negras como una noche de tempestad, su nariz aguileña como la de Cleopatra, sus cejas pobladas y terminando en arco sobre la frente, su tez morena y mórbida, su cuello redondo y perfectamente unido a los hombros, la frente ancha y provocativa, por donde se veían a través de las epidermis las azuladas venas; todo decía que la cólera de aquella mujer debía ser terrible.
—Te he cumplido la palabra —dijo Herodías a su amante en voz baja.
—Así lo esperaba.
—Filipo duerme; nada recela.
—Tanto mejor: el que ignora no sufre.