El mártir del Gólgota
El mártir del Gólgota —¡Mi esposa!… ¡Bah! ¿Quién hace caso de eso? La he repudiado, se la he remitido cargada de regalos a su padre Aretas, rey de Arabia. ¿Quién sabe si ese viejo bárbaro me enviará sus legiones? Pero antes que crucen el desierto de Manaim, Pilato, mi aliado, le cortará el paso.
HerodÃas exhaló un grito de alegrÃa. Sus negros ojos brillaron de un modo inexplicable. DirÃase que sus pupilas arrojaban chispas.
—¡Ah! —exclamó—. ¿Conque ya no debo temer nada de tu esposa? ¿Conque la has repudiado? Ahora sà creo que me amas.
—Has hecho mal en dudar.
—Yo amo o aborrezco de veras; veÃa a una mujer joven a tu lado y te amaba: los celos son hijos del amor.
HerodÃas cogió una de las manos de Antipas, y mirándole con fijeza, como si quisiera leer en su corazón, le preguntó:
—Tú me amas, ¿no es cierto?
—¿Puedes dudarlo?
—Tu corazón es mÃo, como el mÃo es tuyo. En breve seré tu esposa y este amor no será un secreto para nadie.
—Asà lo espero.
—Dime la verdad. ¿Qué harás entonces de Ruth, tu esclava favorita?