El mártir del Gólgota

El mártir del Gólgota

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Filipo devoró en silencio su agravio; Israel lanzó un grito de indignación. El temor enmudecía todas las lenguas, porque Israel era entonces un rebaño de esclavos. Juan criado en el desierto, libre como el viento que riza las plumas del águila en el espacio, buscó a los culpables, que olvidaban su crimen en brazos del placer. El Bautista no oyó más voz que la del deber, no tuvo más consejero que su corazón, ni más auxiliar que el indignado grito de su conciencia, que se alzaba poderoso dentro de él diciéndole: «Anda y arrójales su vergüenza en el rostro.»

Juan supo por uno de sus discípulos que el tetrarca y su infame esposa se hallaban con toda su corte en la moderna ciudad de Libiada, sobre la ribera Oriental del Jordán, a corta distancia del castillo de Maqueronta. Las fiestas solemnes de la dedicación de aquella ciudad habían reunido dentro de sus modernos muros un gran número de curiosos.

Juan, seguido de sus discípulos, entró en Liviada, donde el placer sentaba sus reales, donde la alegría embargaba todos los corazones.

Su aspecto grave, meditabundo, silencioso, auguraba algún acontecimiento importante…

Las gentes le veían pasar y temblaban, sin explicarse la razón de aquel pánico que súbitamente se introducía en sus corazones.


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