El mártir del Gólgota
El mártir del Gólgota Juan llegó a la ancha plaza en donde Antipas tenía su palacio.
La curiosidad reunía en aquel sitio un gentío inmenso. El traje extraño del precursor, los largos cabellos extendidos en desorden sobre los hombros y espaldas, la imponente actitud de aquella cabeza venerable y el brillo amenazador de sus ojos, trasmitían un miedo inexplicable a la muchedumbre que le rodeaba.
Por fin resonó en los pórticos del palacio el marcial sonido de una trompeta. Aquella voz de metal anunciaba que el tetrarca iba a salir con su corte, como tenía por costumbre todas las tardes. Juan irguió la cabeza como el león que oye en el desierto el grito salvaje del camello. Sus ojos se fijaron en la puerta del palacio. Pronto se vio salir una lujosa cabalgata. Delante veíase al tetrarca montado en un caballo de raza siriaca; a su lado cabalgaba, sobre una yegua española, su nueva esposa Herodías. Detrás seguían algunos centuriones romanos y varios dignatarios de la tetrarquía.
Juan, sereno como un héroe de Esparta ante el peligro, avanzó gravemente algunos pasos. La gente le miraba marchar con asombro en derechura de Antipas.
—¿Qué irá a hacer? —se preguntaban en voz baja.
Juan seguía sin detenerse. Antipas se vio precisado a detener su caballo, diciendo:
—¿Qué quieres, Juan?…