El mártir del Gólgota

El mártir del Gólgota

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La hora del rompimiento no se hizo esperar mucho. Todas las noches Lázaro encontraba al retirarse, nocturnos amantes que rondaban su casa. Los escándalos, las pendencias, se sucedían con frecuencia. En Bethania, residencia entonces de los huérfanos de Syr, comenzó a murmurarse de la hermana de Lázaro. Un día un hombre cayó herido bajo la ventana de la hermosa rubia. En el pueblo se levantó un grito de indignación. Murmuraron en voz baja el nombre del muerto y del matador. El primero pertenecía a una familia distinguida de Jerusalén. El segundo era un centurión romano, favorito del gobernador Pilato. Lázaro, con el semblante severo del hombre honrado, llamó a su hermana y le dijo:

—María, es preciso que esto termine. No puedo tolerar que se mancille el nombre sin mancha que heredé de mi padre. Tienes muchos pretendientes: elige un esposo.

—No vendo mi libertad; si los hombres se matan porque codician mi hermosura, no es culpa mía: mi honor está limpio como la luz del sol. Pero si no te place mi proceder, desde mañana podemos separarnos. El castillo de Mágdalo será mi residencia, pues me pertenece. Tú y Marta podéis quedaros en Bethania, ya que tanto os enoja mi conducta.

—Piénsalo bien, María —repuso Lázaro—. Eres joven, separándote de nosotros corres a tu perdición.


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