El mártir del Gólgota
El mártir del Gólgota Sus ojos limpios y azules como el cielo de Fenicia, poseían como ninguno la mirada voluptuosa del amor. Sus labios nacarados, un poco entreabiertos, parecían enviar eternamente un beso a sus amantes. En su redonda barba destacábase un hoyuelo que parecía hecho por el dedo voluptuoso de Adonis. Su cuerpo tenía la majestad de Débora y las formas acabadas de Medea. El arte griego sólo hubiera deseado una cosa de Magdalena,[56] transformar la carne en mármol de Italia. Entonces la hubieran adorado como a la madre de Eneas.
Todas las tardes Magdalena bajaba al jardín. Sus doncellas extendían una riquísima alfombra de Persia al pie de un sicómoro corpulento, alrededor del cual colocaban cuatro braserillos de oro, y la mirra y el incienso perfumaban con sus tibias emanaciones el ambiente. Sentábase bajo aquel verde dosel, con la cabeza lánguidamente apoyada en los mullidos almohadones de seda de las Galias con franja de oro, y el armonioso salterio sobre sus rodillas. Entonces una de sus criadas abría la puerta del jardín y comenzaba la corte del amor.
Magdalena, que repartía por igual sus ardientes miradas y sus amorosas sonrisas, al verse rodeada de sus amigos íntimos, los cuales con las súplicas más delicadas y las frases más galantes la instaban a que les hiciera oír los encantos de su voz, cantaba alguna cantinela enloqueciendo al auditorio con la dulzura de su voz y la ardiente expresión de su semblante.