El mártir del Gólgota
El mártir del Gólgota La torpeza cometida por una de las jóvenes autorizaba al venturoso doncel que había tenido la suerte de habérsela hecho cometer, a besarle la mano. Magdalena, seguida de su corte, después de la música y el baile se encaminaba al sphaeristerium. Allí, ansiosos los pretendientes de ganar el galardón establecido por la hermosa Magdalena, se valían de todos los recursos imaginables para hacerla perder el juego y besar aquella linda y suave mano tan codiciada. Magdalena, ágil como una corza, flexible como una serpiente, con su penetrante mirada fija en el doncel que se disponía a enviarle la pelota o el volante, defendía la codiciada presa, riendo como una loca cuando la casualidad la ponía en riesgo de perder. Entonces el cansancio encendía con los hermosos colores de la rosa de los Alpes aquellas mejillas, y su semblante, recobrando nueva vida con la agitación, resplandecía de un modo tan irascible, que era preciso, como de la luz del sol, apartar de ella la mirada.
Magdalena empleaba el arte de agradar con una maestría sin ejemplo. A veces, al ver venir hacia ella el volante, ocultaba las manos detrás de la espalda, dejándole caer sin oposición alguna. Entonces se oía un grito de envidia, y el afortunado doncel se llegaba a Magdalena a recibir el galardón. La hermosa castellana alargaba su mano, y mientras el feliz mancebo imprimía sus ardientes labios en aquella mano blanca y diminuta, solía decirle en voz baja: