El mártir del Gólgota

El mártir del Gólgota

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Magdalena tornó a ocupar el diván que poco antes había abandonado. Boanerges se sentó a sus pies, y descolgando la lira de sus espaldas, comenzó un preludio melancólico como el canto del cisne moribundo. Mientras duró el preludio tuvo sus ojos fijos en la voluptuosa mirada de Magdalena, como si quisiera beber en ella la inspiración. Después, con voz dulce y sentida, cantó lo que sigue, acompañado de una armonía extraña. La música y el verso eran improvisados en el momento; pero Boanerges no tenía otra profesión, y se hallaba todos los días en casos semejantes.

Sus coplas se habían hecho populares, llamábanle el Cisne de Galilea. Las señoras de Jerusalén le citaban para oírle. El cantor mendigo, el hijo de reyes, mantenía a su anciana madre con las limosnas de los magnates, con la caridad de los pobres. La canción decía así:

¿Quieres que cante, bella señora,

por qué te llaman, la Pecadora?

Porque es tu frente

resplandeciente

como la aurora de la mañana

que entre celajes de ópalo y grana

el sol envía desde el oriente.

Y en tus pupilas claras y hermosas

brilla serena la luz del día,

y tus miradas son tan sabrosas


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