El mártir del Gólgota

El mártir del Gólgota

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La egipcia confió al generoso bandido que aquel niño era hijo del príncipe Antipatro, y Dimas juró mientras viviera ser su protector. Los bandidos pusieron al tierno vástago el nombre de Boanerges, porque había nacido en una noche de truenos y relámpagos. Seis años permaneció Enoé en la fortaleza. Dimas respetó siempre a aquella pobre sensitiva enamorada de la memoria de un muerto. Los bandoleros respetaban el dolor de Enoé y amaban con toda la fuerza de sus rudos corazones al niño Boanerges.

Enoé tocaba la cítara, la lira y el salterio de un modo admirable. Su voz era clara como la estrella que precede al día, dulce como el panal de las abejas, apasionada como el arrullo de la tórtola.

Los bandidos llegaban hasta el punto de llorar oyendo sus cantares. Pero Enoé, a quien por el respeto que les inspiraba llamaban Sarai, era buena y condescendiente con aquellos desgraciados. Ella preparaba su frugal comida y amasaba diariamente sus tortas de harina; ella curaba sus heridas y se pasaba la noche en vela a la cabecera de sus lechos de hojas secas.

Un día, Dimas le dijo:

—Enoé, no puedes permanecer más con nosotros sin correr un grave riesgo. El día que los soldados del tirano de Jerusalén descubra nuestra guardia, serás crucificada. Y siendo inocente como eres, de los crímenes que cometemos, no quiero exponerte.


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