El mártir del Gólgota

El mártir del Gólgota

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Enoé se encogió de hombros, demostrando que todo le era indiferente.

Dimas le recordó entonces que tenía un hijo, y Enoé, abrazando con amoroso afán a Boanerges, contestó con acento conmovido:

—Tienes razón, hermano mío. ¿Dónde he de ir?

—Esta noche partiremos. Te he comprado una modesta casita cerca de Cafarnaum, a la orilla del lago de Galilea. Aquel país es tranquilo y allí no corréis peligro ni tú ni tu hijo; yo iré a veros siempre que mis ocupaciones me lo permitan. Ya sabes que nunca he de abandonarte.

Enoé besó la mano de aquel hombre generoso que la casualidad le había deparado, y algunos días después se hallaba instalada en su nueva habitación de Cafarnaum. Enoé, en la soledad de su retiro, se ocupó solamente en la educación de su amado hijo.

La naturaleza había dotado a Boanerges de un corazón de fuego y de una inteligencia clara. Su madre colocó un día la lira en la mano del niño, y el niño llegó a ser un gran músico. Dios le había dado la inspiración de los poetas.

Boanerges, a los catorce años, tocaba la lira y cantaba con la misma dulzura que una virgen del templo de Sión.


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