El mártir del Gólgota

El mártir del Gólgota

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—Le he visto en la puerta de casa de Lázaro, sentado a la sombra de una palmera. Multitud de gente le rodeaba: todos los desgraciados de las cercanías que buscan el consuelo de sus males en el poder divino de la palabra de ese Hombre extraordinario que lleva en la frente escrita la majestad de Dios, que tiene la luz de los cielos en sus miradas y la sabiduría de los profetas en los labios. Alrededor tenía a los niños: unos sentados sobre sus rodillas, otros a su lado; su mano acariciaba como un padre amoroso aquellas cabecitas. He creído ver que de los extremos de sus dedos salía un reflejo poderoso de luz, como los luminosos rayos que brotan de la frente del sol. Estaba hablando. Un silencio sepulcral reinaba en derredor suyo: ni el céfiro se agitaba entre los copos altivos de la palmera, ni las aves cantaban. Parecía como si la naturaleza hubiera apagado sus mil ruidos para oírle. Los niños le miraban embelesados sin comprenderle. Yo detuve mi paso para escucharle también. Jesús fijó sus hermosos ojos en mi humilde persona, y me envió una sonrisa llena de dulce bondad. Sentí aquella sonrisa filtrarse hasta el fondo de mi alma, y una voz tierna, amorosa, que me decía al oído: «Dimas, apártate de la senda que sigues; no atesores para ti en la tierra, donde todo lo consume la polilla: atesora en el cielo donde los hombres no roban ni la polilla lo consumen». Un estremecimiento extraño agitó todo mi cuerpo, la luz de mis ojos se oscureció, sentí un ruido espantoso en las sienes, y bajé avergonzado los ojos al suelo.


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