El mártir del Gólgota
El mártir del Gólgota Algo más apartados del lecho mortuorio se encuentran las plañideras agrupadas en un montón, y detrás de éstas se hallan los músicos fúnebres, que acompañan los violentos gemidos de las mujeres que lloran por un miserable jornal, con las dulces armonías de las flautas. Entre estos músicos se ve uno, joven, hermoso, pero cuyo semblante respira una melancolía interesante. Aquel joven tiene siempre los ojos fijos en Magdalena, pero la Pecadora no alza nunca los suyos para mirarle.
Este músico era Boanerges. Uno de los parientes de Lázaro, cuya barba blanca y austero semblante le daban el derecho para dirigir la ceremonia fúnebre, se levantó del suelo, enjugó sus ojos y dijo al concurso que rodeaba el cadáver:
—Conduzcamos al sepulcro los restos de Lázaro.
Todos se levantaron. Cuatro mancebos cogieron por los cuatro extremos el lecho que sostenía el cuerpo de Lázaro, y lo levantaron. Entonces la comitiva salió de la casa. Los músicos delante, después las plañideras, luego el cadáver y por último los parientes y amigos.
Aquella comitiva se aumentó considerablemente al cruzar la puerta. El entierro penetró en el jardín. La losa de la tumba estaba separada. Aquella boca esperaba un cadáver. El sepulcro de piedra estaba blanqueado por fuera para que los hombres le reconocieran y no se manchara con su contacto.