El mártir del Gólgota
El mártir del Gólgota El carcelero participó el ofrecimiento de Barr-Abbas al gobernador de la torre, y éste fue a participárselo a Pilato.
Admitida la proposición, salieron de Jerusalén, guiados por Barr-Abbas, y como ya saben nuestros lectores, fueron a emboscarse en la intrincada gruta de Jeremías. Como hemos dicho en el capítulo anterior, los soldados de Pilato se ocultaron después de apagar la tea, esperando el instante de lanzarse sobre su presa.
El silencio era sepulcral. Ni el viento de la noche mugía entre los espinos, ni el mochuelo silbaba sobre las secas ramas de los árboles. Si un viajero hubiera en aquel momento pasado por la boca de la cueva, indudablemente la hubiera creído desierta. Así transcurrió una hora.
Por fin escuchóse un canto religioso, que, según el eco que en alas del céfiro nocturno llegaba hasta la cueva, venía de la parte del camino de Damasco.
Los soldados de Pilato cogieron en silencio las largas lanzas que habían dejado en el suelo y esperaron. El canto venía de occidente y se aproximaba por instantes. Cada momento que transcurría se escuchaba más clara la voz del nocturno cantor. Los soldados oyeron claramente este canto, entonado por una voz dulce y varonil:
¡Ay del que en el alma encierra
las cenizas de su amor!
¡Ay del que vive llevando