El mártir del Gólgota
El mártir del Gólgota Los pobres, esa gran familia desheredada que sin más fortuna que algún denario de cobre en sus bolsas y la fe en sus corazones había acudido a la ciudad santa; los que no tenían ni pariente que les ofreciera un asiento en su mesa, ni una cama bajo el hospitalario techo de su hogar; los que no eran bastante ricos para satisfacer las exigencias de los mesoneros jerosolimitanos; los que ni una tienda poseían que los librara del rocío de la noche y los calurosos rayos del sol, habían acampado en los pórticos del hipódromo y del teatro, en la falda del monte Acra, y en el espeso bosque de cipreses y sicómoros que ocupaba la espaciosa lengua de tierra desde la puerta del rey hasta la torre Siloé.[83] Durante los tres días de la primera y más popular fiesta de los hebreos reinaba en la ciudad sacerdotal una libertad sin límites.
No se oía por las noches la voz del desvelado centinela ni en las murallas ni en las torres, ni se cerraban con las fuertes y mohosas cadenas las extremidades de las calles.
Las puertas de la ciudad permanecían abiertas, y la muchedumbre entraba y salía libremente sin que los soldados del juez romano cruzaran las lanzas sobre los pechos de los transeúntes.