El mártir del Gólgota

El mártir del Gólgota

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Entre el entusiasmo general, sólo los romanos y los germanos se mostraban indiferentes. Soldados mercenarios, sólo adoraban a Tiberio, que los pagaba. Para estas plantas exóticas de Palestina todo era indiferente exceptuando el oro y la guerra. El águila romana había hecho presa en la Ciudad Santa. Sus robustas alas se extendían sobre el templo de Sión, y ellos dejaban dormir las espadas en sus vainas y el escudo en un clavo a la cabecera de la cama, confiando en que la víctima no se escaparía. La romería más grande, la fiesta religiosa más popular de Israel les era indiferente.

Pero ¡ay de aquellos degradados descendientes de Abraham si hubieran exhalado un grito de odio o una amenaza contra el señor de Roma! Porque entonces aquellos indiferentes hijos de la guerra hubieran desnudado sus espadas, y las cabezas judías hubieran caído como las espigas bajo la hoz del segador.

—¡Vedle! ¡Ya viene! —decía un hombre a los que le rodeaban—. Yo era ciego de nacimiento; Jesús puso sus dedos sobre mis cerrados párpados, y al momento vi la luz querida del sol. ¡Bendito sea el Señor, que viene a nosotros!

—Yo estaba tullido diez años en una cama —repitió otro—. «Deja tu lecho y levántate», dijo, y me levanté, y me vi bueno y fuerte, y ágil como me veis. ¡Bendito sea Jesús! Él es el Mesías verdadero, el Hijo prometido de Adonai.


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