El mártir del Gólgota

El mártir del Gólgota

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—Señor, indudablemente ese hombre pertenece a la familia de los dioses. Sus palabras penetran hasta el fondo del alma. Basta que su mano toque la cabeza de un enfermo, para que el mal desaparezca. Yo le he visto abrir la puerta del templo con sólo una palabra, y con otra secar una higuera. Los sabios del Sinedrio, los doctores de Jerusalén, le salen al encuentro, haciéndole mil preguntas, que él deshace con una sola palabra. He conocido que por su saber les humilla, y desean perderle. Cuando llegó al templo, las gradas, como acontece en los días de solemnidad religiosa, estaban llenas de esos vendedores de víctimas. Jesús, con un látigo en la mano, les arrojó de allí, diciendo: «No hagáis de la casa de mi Padre una cueva de ladrones». Yo temí que los mercaderes castigaran su atrevimiento, porque pagan a los sacerdotes un alquiler por aquellas gradas que ocupan: pero todos le han obedecido sin desplegar los labios.

—¡Un hombre contra tantos! —exclamó Pilato.

—Sí, un hombre cuya mirada es irresistible, cuya frente brilla como la aurora matinal, y cuya majestad tiene algo que estremece.

Poncio no se reía, meditaba.

Flavio continuó:


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