Las Coéforas
Las Coéforas ORESTES. ¡Ojalá, bajo Ilión, padre, hubieras muerto atravesado por la lanza de un licio! Habiendo dejado en tu palacio un nombre glorioso y estableciendo en los caminos de tus hijos una vida por todos admirada, tendrías allende el mar una tumba colosal, soportable a los tuyos.
CORO. Amigo entre amigos allí gloriosamente fallecidos, luciría bajo tierra, príncipe venerado, ministro de los poderosos reyes subterráneos, pues fue rey mientras vivió, teniendo en sus manos la suerte del destino y el cetro persuasivo.
ELECTRA. No, padre, no es mi deseo que caído bajo los muros de Troya, con otros guerreros heridos por la lanza, hubieses sido sepultado junto a las orillas del Escamandro, sino que tus asesinos hubieran sucumbido del mismo modo a fin de que aquí, lejos, nos enteráramos de su destino de muerte, libres de estos deseos.
CORO. ¡Oh hija! Quieres más que oro, más que la suprema felicidad de los hiperbóreos; bien puedes. Con todo, me alcanza el chasquido de un doble látigo: de un lado los defensores están bajo tierra, de otro los dueños tienen manos impuras -situación odiosa para él, más todavía para los hijos.