Los Persas
Los Persas MENSAJERO. Enfrente de Salamina hay una pequeña isla donde las naves apenas pueden hallar fondadero, y cuya costa el dios Pan, que ama las danzas, recorre. Los había allí apostado para que, si a aquel islote venían a refugiarse náufragos del enemigo, dieran muerte, fácil presa, a las tropas de los griegos, y salvaran a los suyos de aquel estrecho marino —conjeturando muy mal qué les reservaba el hado—. Pues cuando el dios a los griegos hubo dado la victoria, el mismo día, ciñendo de armas de bronce su cuerpo, desembarcan; ponen cerco a todo el islote, y ellos, no saben dónde volverse. Hostigados largo rato son por piedras disparadas con las manos, y, volando de las cuerdas de los arcos, muchas flechas les herían. Finalmente se lanzaron, todos a una, sobre ellos; les dan muerte, y, de sus cuerpos hacen una degollina, desdichados, hasta que a todos quitan la vida. En viendo Jerjes la hondura de sus males, lanza un grito —se sentaba sobre un trono, en la cima de un collado, junto al mar, y desde donde toda la escuadra veía— al punto rasga sus ropas, rompe en agudo alarido y al ejército de tierra da órdenes a toda prisa; y sin orden ni concierto inicia la retirada. Tal es la calamidad de que puedes lamentarte, además de la primera.