Las Troyanas
Las Troyanas HÉCUBA: ¡Aqueos más dignos de alabanzas por vuestras hazañas, que por vuestros pensamientos! ¿Cómo por temor a un niño habéis cometido un nuevo crimen? ¿Para que no reconstruyese Troya arruinada? No alabo esta vil pasión, si carece de racional fundamento. ¡Oh, pequeño, muy querido, que deplorable ha sido tu muerte! De sus huesos destrozados brota ahora la sangre. Sus manos yacen caÃdas, rotas vuestras articulaciones. Dulce boca, que solÃas decir grandes cosas. Me engañabas cuando agarrado a mis vestidos me hablabas asÃ: «Madre, yo llevaré muchos niños a tu sepultura, y te diré palabras que te complazcan». No tú a mÃ, yo, anciana, desterrada, sin hijos te sepultaré. Necio es el mortal que, creyéndose siempre feliz, se abandona al placer: la fortuna, cual furiosa delirante, salta aquà y allá, y a ninguno concede perpetua dicha.
CORO: ¡Oh, tú, que hubieses sido soberano inmortal de mi ciudad! ¡Amargamente llorado, hijo, te recibirá la tierra!
HÉCUBA: Yo, médico desventurado, cuidaré como pueda de parte de tus heridas, ligándolas con vendajes; tu padre te curará las demás entre los muertos.
CORO: Golpea, golpea tu cabeza, que tus manos resuenen. ¡Ay de mÃ, ay de mÃ!
HÉCUBA: ¡Oh, troyanas muy amadas!