Tragedias griegas
Tragedias griegas HERACLES.— Llevaré los caballos al rey tirintio.
EL CORO.— No es fácil hacerles tascar el freno.
HERACLES.— A menos que no echen fuego por las narices.
EL CORO.— Pero despedazan a los hombres con sus quijadas famélicas.
HERACLES.— Hablas de lo que comen los animales monteses, no los caballos.
EL CORO.— Ya verás sus pesebres regados de sangre.
HERACLES.— ¿De qué padre se enorgullece de haber nacido quien los ha criado?
EL CORO.— De Ares. Es el rey de los guerreros de la Tracia, rica en oro.
HERACLES.— Hablas de un trabajo que me está destinado, [500] porque mi destino es penoso y busca altas empresas, ya que tengo que reñir combate con los que Ares ha engendrado, primero con Licaón, luego con Cicno. En tercer lugar, vengo a combatir con los caballos y con el dueño. Pero nadie habrá visto al hijo de Alcmena temer al brazo de un enemigo. (Admeto sale de palacio).
EL CORO.— Pero he aquà al propio señor de esta tierra, a Admeto, que sale de las moradas.
ADMETO.— ¡Salve, oh hijo de Zeus, descendiente de la sangre de Perseo[34]!