Tragedias griegas
Tragedias griegas HERACLES.— Sé que tenÃa resuelto morir por ti.
ADMETO.— ¿Como, pues, va a existir aún, si ha consentido en eso?
HERACLES.— ¡Ah! no llores a tu mujer prematuramente; espera que llegue el instante.
ADMETO.— Quien habÃa de morir muerto está, y quien está muerto ya no existe.
HERACLES.— Sin embargo, el ser y el no ser son cosas diferentes.
ADMETO.— Tú lo entiendes de una manera, Heracles, y yo de otra.
HERACLES.— [530] Finalmente, ¿por quién lloras? ¿Cuál de tus amigos ha muerto?
ADMETO.— Una mujer. Me referÃa a una mujer.
HERACLES.— ¿Extranjera o parienta tuya?
ADMETO.— Extranjera, y sin embargo, afecta a mi morada.
HERACLES.— ¿Y cómo perdió la vida en tus moradas?
ADMETO.— Muerto su padre, se educó en ellas como huérfana.
HERACLES.— ¡Ay! ¡Ojalá no te hubiera yo encontrado asà de gemebundo, Admeto!
ADMETO.— ¿Por qué me dices esas palabras?
HERACLES.— Iré a otra morada hospitalaria.