Tragedias griegas
Tragedias griegas ADMETO.— Eso no es lÃcito, ¡oh rey! ¡Que no me ocurra tal desgracia!
HERACLES.— [540] La llegada de un extranjero es una carga para los afligidos.
ADMETO.— Los muertos, muertos están. Entra en mi morada.
HERACLES.— Es vergonzoso que los afligidos den un festÃn a sus amigos.
ADMETO.— Están aparte las estancias de los huéspedes, adonde voy a conducirte.
HERACLES.— Déjame que me vaya, y te quedaré muy agradecido.
ADMETO.— No puedes ir al hogar de otro hombre… (A un esclavo). Tú, servidor, echa a andar delante, y abriendo las estancias hospitalarias de estas moradas, ordena a los encargados de ello que preparen comida abundante… (A otros servidores mientras Heracles se marcha). Vosotros, cerrad las puertas interiores. No conviene que los convidados oigan nuestros gemidos [550] ni que nuestro dolor entristezca a nuestros huéspedes.
EL CORO.— ¿Qué haces? ¿Cómo, abrumado por semejante desdicha, Admeto, te atreves a recibir huéspedes? ¿Estas loco?