Tragedias griegas
Tragedias griegas UN SERVIDOR.— En verdad que he conocido ya a numerosos huéspedes llegados a las moradas de Admeto, y les he servido la comida; [750] pero todavía no había recibido en estos hogares a un huésped más brutal. Primero, viendo a mi amo afligido, ha entrado y ha osado trasponer el umbral. Luego, sabedor de la desgracia que nos hiere, no ha recibido con moderación los dones hospitalarios; y manda que le traigamos lo que no le traemos. Después, tomando en su mano una copa coronada de hiedra, bebió vino puro de racimo negro, hasta que le ha calentado la llama del vino; y corona su cabeza con ramas de mirto, [760] y chilla como un insensato; y podíase oír un cántico doble, pues cantaba él, preocupándose poco de los males que afligen la morada de Admeto, y nosotros los servidores llorábamos a nuestra señora; y sin embargo, no mostramos ante nuestro huésped los ojos mojados de lágrimas, porque así nos lo había ordenado Admeto. ¡Y ahora doy una comida en las moradas a un extranjero, que será un ladrón astuto o un salteador! ¡Y mi señora sale de las moradas, y no he podido seguirla ni tenderle la mano, llorando por tal señora, que era como una madre para todos los servidores y para mí! [770] Porque ella nos evitaba muchos males, aplacando la cólera de su marido. ¿Cómo no voy a sentir odio por ese extranjero que ha caído en medio de nuestros dolores?
(Heracles sale de palacio con una corona de mirto en su cabeza y una copa en la mano).