Tragedias griegas

Tragedias griegas

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HERACLES.— ¡Hola! ¿Por qué miras con aire grave e inquieto? No conviene que un servidor aparezca triste ante los huéspedes, y debe hacerle buena acogida. ¡Pero tú, viendo aquí a un amigo de tu señor, le recibes con semblante triste y con las cejas fruncidas, y preocupado por una desgracia extraña! Acércate, para que seas más cuerdo. [780] ¿Sabes qué naturaleza tienen las cosas mortales? Creo que no lo sabes, pues ¿de qué lo vas a saber? Pero escúchame: es necesario que mueran todos los hombres, y no hay ningún mortal que sepa si vivirá mañana. Es inseguro el curso de la fortuna, no se sabe por dónde va, nadie puede mostrárnoslo, ninguna ciencia puede revelárnoslo[44]. ¡Instrúyete, pues, en esto que te digo, regocíjate, bebe, vive al día, y deja a la fortuna lo demás! [790] Honra también a Cipris[45], que es para los mortales la más dulce de las Diosas. Porque es una Diosa amable. Deja lo demás, y obedece a mis palabras si te parece que hablo bien, y en verdad que así lo creo. ¿No quieres beber conmigo, desechando una tristeza excesiva, y trasponer estas puertas, coronado de flores? Ciertamente, sé que el ruido de las copas te conducirá a buen puerto, quitándote esa tristeza y esa pena. Ya que somos mortales, conviene que nos conformemos con las cosas mortales. [800] Porque, a mi entender, para todos los hombres tristes y austeros, la vida no es la verdadera vida, sino una calamidad.


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