Tragedias griegas
Tragedias griegas EL SERVIDOR.— Ya lo sé; pero lo que siento no es para reÃr ni participar de festines.
HERACLES.— La muerta era una extranjera; no gimas por demás, pues los dueños de esta morada están vivos.
EL SERVIDOR.— ¿Cómo vivos? No sabes los males que afligen a la morada.
HERACLES.— Acaso me haya engañado tu amo. El servidor Es demasiado, demasiado amigo de sus huéspedes.
HERACLES.— [810] ¿SerÃa oportuno que, a causa de los funerales de una extranjera, no me tratase bien?
EL SERVIDOR.— ¡Pero si no era una extranjera!
HERACLES.— ¿Ocurre, pues, alguna desgracia que no me ha dicho?
EL SERVIDOR.— ¡Sé dichoso! Sólo a nosotros nos toca entristecernos por los males de nuestros amos.
HERACLES.— Esas palabras no indican que se trate de una desgracia extraña.
EL SERVIDOR.— De otro modo, no me entristecerÃa verte sentado al festÃn.
HERACLES.— ¿Habré sufrido, pues, una grave injuria por parte de mis huéspedes?