Tragedias griegas

Tragedias griegas

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EL SERVIDOR.— No has llegado a las moradas oportunamente para ser bien acogido por nosotros, porque estamos de duelo, y ya ves nuestros cabellos rapados y nuestros peplos negros.

HERACLES.— [820] ¿Quién ha muerto, pues? ¿Uno de los niños? ¿El anciano padre?

EL SERVIDOR.— La muerta es la propia mujer de Admeto, ¡oh extranjero!

HERACLES.— ¿Qué dices? ¿Y me dais hospitalidad, sin embargo?

EL SERVIDOR.— Temía él, en efecto, rechazarte de esta morada.

HERACLES.— ¡Oh desventurado, qué mujer has perdido!

EL SERVIDOR.— Perecemos todos; no es ella sola quien perece.

HERACLES.— Lo presentí al ver sus ojos que lloraban, su cabellera rapada y su rostro; pero me ha convencido, diciéndome que iba a sepultar un cuerpo extranjero. No creas que, tras de pasar las puertas, [830] bebía yo de buen grado en la morada de un hombre hospitalario herido por semejante desdicha. ¡Y héme aquí, sentado al festín y coronado de flores! ¿Por qué no me has dicho que afligía a la morada una calamidad así? ¿Dónde la sepultan? ¿Adónde iré en su busca?


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