Tragedias griegas

Tragedias griegas

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El PEDAGOGO.— ¿Quién no lo es entre los mortales? ¿Acaso es ésta la primera vez que sabes de alguien que se ame a si mismo mucho más que a su prójimo, unos justamente, otros en interés propio, ni que, a causa de un nuevo matrimonio, deje un padre de amar a sus hijos?

LA NODRIZA.— Entrad en la morada, hijos, que será lo mejor. [90] Tú, calla, tenlos muy alejados de su madre y no los lleves junto a esa madre de irritado corazón. La he visto mirarlos con sus ojos de toro feroz, como si meditara algo, y no se aplacará su furia sin abalanzarse sobre alguien. ¡Plegue a los Dioses qué sea sobre un enemigo, y no sobre un amigo!

PÁRODO (96-213).

MEDEA.— (Desde dentro). ¡Ay! ¡Qué desdichada y mísera soy a causa de mis penas! ¿Cómo pereceré al fin?

LA NODRIZA.— ¡Ved lo que os decía, queridos hijos! Vuestra madre agita su corazón y su furor[68]. [100] Entrad cuanto antes en la morada; no os mostréis a sus ojos, ni os acerquéis a ella. Guardaos de su carácter feroz y del ímpetu terrible de esa alma violenta. Marchaos, entrad en seguida. Esta nube de gritos lamentables pronto se inflamará con mayor furia. ¿Qué no hará, presa de los dolores, [110] ese corazón implacable que respira odio?


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