Tragedias griegas
Tragedias griegas MEDEA.— (Desde dentro). ¡Ay, ay! ¡Cuánto sufro, desdichada de mÃ! Sufro males dignos de grandes lamentaciones. ¡Oh execrados hijos de una madre funesta, pereced con vuestra madre, y perezca toda su familia!
LA NODRIZA.— ¡Ay de mÃ, desventurada! ¿Por qué han de purgar tus hijos las faltas de su padre? ¿Por qué los odias? ¡Ay, hijos, con cuánta violencia me atormenta el temor de que sufráis alguna desgracia! Las almas de los tiranos son crueles. [120] Como obedecen poco y mandan mucho, difÃcilmente deponen su cólera. Mejor es acostumbrarse a vivir con igualdad. Por lo que a mi respecta, envejezca con tranquilidad, no con grandeza, pues si el nombre de la moderación es grato de pronunciar, mejor es para los mortales poseerla, y las cosas que pasan la medida no tienen para ellos ninguna utilidad, sino que, cuando se irritan los Dioses, [130] tienden sobre las moradas las mayores calamidades.
EL CORO.— ¡He oÃdo la voz, he oÃdo el clamor de la desventurada Cólcida! TodavÃa no está calmada. Pero cuéntanos lo que ocurre, ¡oh anciana! porque he oÃdo gritos en la morada de puertas dobles, y no me alegro ¡oh mujer! de las calamidades de esta morada que ha llegado a ser querida por mÃ.