Tragedias griegas
Tragedias griegas MEDEA.— Jasón, te ruego que me perdones las palabras que he pronunciado. [870] Justo es que soportes mis cóleras, pues nos hemos prestado muchos servicios uno a otro. He razonado conmigo misma, y me he recriminado en estos términos: Desdichada, ¿por qué me irrito como una insensata contra los que son benévolos para mí, y me hago enemiga de los señores de esta tierra y de mi marido, que por utilidad para nosotros se casa con la joven real, procreando hermanos de mis hijos? ¿No renunciaré a mi cólera? ¿Por qué afligirme, cuando los Dioses son favorables? [880] ¿No tengo hijos, y no sé que estamos desterrados de esta tierra y sin amigos? Revolviendo estos pensamientos en mi espíritu, me he reconocido presa da una gran demencia o injustamente irritada. Ahora, pues, te apruebo, y me parece que obraste prudentemente al contraer esa alianza en favor nuestro. ¡Estaba loca! Debí asociarme a tas proyectos, facilitarlos, estar cerca del lecho nupcial y servir con júbilo a tu esposa. Pero no quiero hablar mal de nosotras, que al fin y al cabo somos lo que somos, [890] mujeres. No conviene, pues, que te hagas malo ni opongas la demencia a la demencia. Confieso y digo que pensé mal entonces; pero ahora afronto con más serenidad las cosas. (Dirige su voz hacia la casa y llama a sus hijos). ¡Oh hijos, hijos! venid, dejad las moradas, acudid. (Los niños aparecen acompañados del pedagogo). Saludad conmigo a vuestro padre y reconciliaos con él, sin odiar ya a vuestros amigos, como tampoco los odia vuestra madre. La paz reina entre nosotros, y se ha aplacado la cólera. Tomad mi mano derecha. [900] (Hablando para sí). ¡Cuánto me atormenta el recuerdo de lo que pienso en secreto! ¡Oh hijos! si vivís mucho tiempo todavía, ¿me tenderéis así vuestros queridos brazos? ¡Infeliz de mí! Estoy arrasada en lágrimas y llena de temor. (Alto). Al reconciliarme con vuestro padre tras de una larga querella, mi tierno rostro inúndase de lágrimas.