Tragedias griegas
Tragedias griegas EL CORO.— Y también se escapan lágrimas de mis párpados hinchados. ¡Plegue a los Dioses que no ocurra ahora una desgracia mayor!
JASÓN.— Por ello te alabo, mujer, y no te censuro. Es natural que una mujer se encolerice contra su marido que contrae nuevas nupcias; [910] pero tu corazón ha cambiado favorablemente, y por fin has tenido una idea mejor. Obras como mujer prudente. (A sus hijos). En cuanto a vosotros, hijos, vuestro solÃcito padre, con ayuda de los Dioses, os lo ha allanado todo. Oreo, en efecto, que un dÃa seréis los primeros en la tierra corintia, asà como vuestros hermanos. Creced, que lo demás lo harán vuestro padre y algún Dios benévolo. [920] ¡Que os vea yo llegar a la pubertad bien educados y triunfar de mis enemigos! (A Medea que gime). Pero ¿a que vienen esas lágrimas que corren de tus párpados hinchados? ¿Por qué, volviendo tus pálidas mejillas, no acoges con júbilo mis palabras?
MEDEA.— No es nada. Pensaba en estos hijos.
JASÓN.— TranquilÃzate; siempre miraré por ellos.
MEDEA.— Asà lo haré. Ni por asomo dudo de tus palabras; pero la naturaleza de la mujer es débil y propicia a las lágrimas,
JASÓN.— ¿Por qué, pues, gimes por tus hijos, desdichada?