Tragedias griegas
Tragedias griegas EL MENSAJERO.— Cuando tus dos hijos llegaron con su padre y entraron en la morada nupcial, nos regocijamos los servidores, que nos compadecÃamos de tus males, pues al punto corrió el rumor [1140] de que tú y tu marido habÃais concluido con vuestra antigua disensión. Uno besaba la mano, otro la rubia cabeza de tus hijos; y yo, todo jubiloso, seguà a tus hijos al aposento de las mujeres[109]. La señora a quien servimos ahora en lugar tuyo, antes de ver el grupo que formaban tus hijos, lanzó a Jasón una mirada tierna, luego bajó los párpados y volvió su mejilla blanca con horror a los niños que entraban. Pero tu marido se dedicó [1150] a calmar la cólera de la joven, diciendo asÃ: «No seas enemiga de tus amigos, renuncia a tu cólera, vuelve la cabeza hacia ese lado y mira como tuyos a los amigos de tu marido. Acepta esos presentes, y ruega a tu padre que, en mi favor, indulte del destierro a estos niños». Por lo que a ella respecta, en cuanto vio los atavÃos, no perseveró en su actitud y prometió a su marido todo lo que él deseaba; y antes de que tus hijos y su padre saliesen de las moradas, se puso el peplo de colores varios, [1160] y ciñendo la corona de oro en torno de sus rizos, arregló su cabellera ante un brillante espejo, sonriendo a la imagen vana de su cuerpo. Y luego, levantándose del trono, se paseó por las moradas, andando delicadamente con su blanco pie, contenta de aquellos presentes y mirándose repetida y prolongadamente por detrás[110]. Pero en seguida se dio un espectáculo horrible: cambiando de color, retrocediendo, temblando con todos sus miembros, [1170] apenas si pudo apoyarse en el trono para no caer en tierra. Una vieja servidora, creyendo que estarÃa atacada del furor de Pan o de cualquier otro Dios[111], lanzó un chillido; pero al ver que de su boca salÃa una espuma blanca y sus ojos giraban y no tenÃa sangre ya en el cuerpo, lanzó un grito estridente tras del primer chillido. Al punto corrió una a la morada del padre y otra en pos del nuevo esposo, a fin de anunciar la desgracia acaecida a la joven. [1180] Toda la casa retembló con múltiples carreras. Ella permaneció muda y con los ojos cerrados tanto tiempo como el que invierte un corredor rápido en alcanzar la meta en la carrera de seis pletros[112]; despertó la desdichada luego con un gemido profundo, porque la atormentaba un doble mal. En efecto, la corona de oro ceñida a su cabeza despedÃa un fuego que todo lo devoraba, y el fino peplo, presente de tus hijos, roÃa la blanca carne de la sinventura. [1190] Levantándose del trono, huyó, inflamada, y sacudÃa de un lado a otro su cabeza y su cabellera, deseando arrancarse la corona; pero el oro en fusión se adherÃa invenciblemente a su cabeza, y cuanto más sacudÃa ella su cabellera, más la abrasaba el fuego. Y cayó en tierra, rendida por su mal, y difÃcil de reconocer para quien no fuese su padre. Ya no tenia brillantes los ojos ni hermosa la cara. Y por su cabeza corrÃa la sangre mezclada con el fuego, [1200] y se la despegaban de los huesos las carnes, cual lágrimas de pino[113], bajo las invisibles mordeduras del veneno. ¡Horrible espectáculo! Y temÃan todos tocar el cadáver, y su destino nos servÃa de advertencia. Pero, ignorando esta desgracia, su infeliz padre entró bruscamente y se arrojó sobre la muerta, y al punto comenzó a gritar, y rodeando con sus brazos el cuerpo de su hija, lo besaba, hablándole asÃ: «¡Oh hija desventurada! ¿qué Dios te ha perdido tan indignamente y me envÃa a la tumba[114], viejo y privado de ti? [1210] ¡Ojalá muera yo contigo!». Cuando dio fin a sus lamentos y sollozos, al querer alzar su viejo cuerpo, quedó sujeto al ligero peplo, como la hiedra a las ramas del laurel. Y la lucha era horrible; y cuando querÃa él erguir una rodilla, caÃa de espaldas; y conforme hacia esfuerzos, se despegaban de sus huesos las carnes del anciano. Por último expiró y rindió el alma, vencido por su mal. [1220] ¡Muertos yacen ambos, la hija y el viejo padre!