Tragedias griegas

Tragedias griegas

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[535] CORIFEO.— ¡Ay, ay! ¿Qué diré al oír las magníficas palabras de la doncella que quiere morir en lugar de sus hermanos? ¿Quién podría decir unas palabras más nobles que ésas? ¿Qué hombre podría hacerlo todavía?

YOLAO.— ¡Oh hija! No eres tú de otro origen, [540] sino que has nacido como semilla del espíritu divino del famoso Heracles. No me avergüenzo de tus palabras, mas siento dolor por tu suerte. Pero explicaré cómo podría ser bastante justo. Es preciso llamar aquí a todas las hermanas de ésta, y, luego, la que disponga la suerte, [545] muera por su linaje. Pero no es justo que mueras sin sorteo.

MACARIA.— No querría yo morir por tocarme en suerte. Pues no merecería el agradecimiento. No lo digas, anciano. Pues bien, si aceptáis y queréis [550] utilizarme, ofrezco animosamente mi vida a éstos, voluntaria yo y no obligada.

YOLAO.— ¡Ay! Esa frase tuya es más noble que la de antes. Y aquélla era muy noble. Pero superas con esta audacia tu audacia [555] y con unas palabras nobles, tus palabras. Sin embargo, ni te aconsejo ni te prohíbo que mueras, hija. Pero al morir beneficias a tus hermanos.


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