Tragedias griegas

Tragedias griegas

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SERVIDOR.— Un sirviente de Hilo. ¿No me reconoces al verme?

[640] YOLAO.— ¡Oh queridísimo! ¿Has venido entonces como liberador de nuestra desgracia?

SERVIDOR.— Precisamente, y, además, tienes buena suerte en lo de ahora.

YOLAO.— ¡Oh madre de un hijo noble, a Alcmena me refiero, sal! Escucha estas queridísimas palabras, pues, sufriendo desde ha tiempo por los que ya llegan, [645] consumías tu alma con la ansiedad de este regreso.

ALCMENA.— ¿Qué pasa? Todo este edificio se ha llenado de griterío, Yolao. ¿Es que algún heraldo, procedente de Argos, te fuerza con su presencia? Débil es mi fuerza, al menos, pero sólo una cosa es preciso que sepas, extranjero: [650] que no es posible que te lleves jamás a éstos mientras yo viva. Entonces, sí, dejaría que no se me considerase ya madre de Heracles. Si tocas a éstos con tu mano, lucharás contra dos viejos, no de manera gloriosa.

YOLAO.— Ánimo, anciana, no temas. No ha llegado [655] un heraldo desde Argos con palabras enemigas.

ALCMENA.— Pues, ¿por qué diste un grito mensajero de temor?

YOLAO.— Por ti, para que te acercaras delante de este templo.

ALCMENA.— Yo no sabía eso. ¿Quién es, entonces, éste?


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