Tragedias griegas
Tragedias griegas YOLAO.— De hombres, en efecto, es el combate. Para ti, en cambio, es necesario ocuparte de ésos.
ALCMENA.— ¿Y qué? Si tú mueres, ¿cómo me salvaré yo?
YOLAO.— Se preocuparán los hijos de tu hijo que queden.
ALCMENA.— ¿Y si —cosa que no ocurra— tienen un percance?
[715] YOLAO.— Estos extranjeros no te traicionarán, no temas.
ALCMENA.— En verdad, es la única confianza; no tengo ninguna otra.
YOLAO.— También Zeus, yo lo sé, se preocupa de tus fatigas.
ALCMENA.— ¡Ay!
Zeus no será censurado por mÃ. Él sabe si es justo respecto a mÃ.
[720] SERVIDOR.— Ya estás viendo aquà una armadura completa. Recubre en seguida tu cuerpo con ella, que la lucha está cerca y Ares odia ante todo a los que tardan. Pero, si te asusta el peso de las armas, marcha ahora inerme y [725] ármate con este equipo en las filas. Yo te las llevaré entretanto.
YOLAO.— Bien has dicho. Lleva las armas manteniéndolas a mi alcance, ponme en la mano la lanza y levanta mi codo izquierdo, guiando mis pasos.