Tragedias griegas
Tragedias griegas ALCMENA.— ¡Oh ser odioso! ¿Has llegado? Te ha cogido la justicia, por fin. Pues bien, en primer lugar vuélveme tu cabeza hacia aquà y soporta mirar de frente a tus enemigos. [945] Pues ahora estás dominado y no dominas ya. ¿Eres tú aquel —pues quiero saberlo— que creÃste oportuno, oh malvado, hacer tantas ofensas a mi hijo que está ahora donde está? Pues, ¿en qué no te atreviste tú a ultrajarlo? Tú que le hiciste bajar [950] vivo al Hades y que lo despachabas diciéndole que matara hidras y leones. Callo otros males como los que maquinaste, pues largo se me harÃa el relato. Y no te bastó atreverte sólo a esas cosas, sino que desde toda la Hélade nos echabas a mà y a sus hijos, [955] postrados como suplicantes de las divinidades, unos, viejos, otros, niños todavÃa. Pero encontraste hombres y una ciudad libre, que no te temieron. Tú debes morir de mala manera y sacarás todo tu provecho; pues serÃa preciso que murieras, [960] no una sola vez, tú que has causado muchos sufrimientos.
SERVIDOR.— No te es posible matar a éste.
ALCMENA.— Entonces, ¿en vano lo hemos cogido prisionero?
ALCMENA.— ¿Qué ley, pues, impide que él muera?
SERVIDOR.— No les parece bien a los jefes de este paÃs.