Tragedias griegas

Tragedias griegas

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LA NODRIZA.— ¡Oh miserias de los mortales, oh males lamentables! ¿Qué haré por ti? ¿Qué no haré? He aquí la clara luz que pedías, he aquí el Eter. Tu lecho doliente está ahora [180] fuera de la morada. Siempre, en efecto, hablabas de venir aquí. Pero en seguida volverás a la morada, porque cambias de opinión con frecuencia, y nada te satisface. No te gusta nada de lo que tienes, y prefieres lo que no tienes. Más fácil es enfermar que asistir a los que sufren. Porque lo primero es sencillo, y lo otro añade a la inquietud del espirita el cansancio de las manos. Toda la vida de los hombres está llena de dolor, [190] y no hay tregua para sus males, pues si hay algo más dulce que la vida, lo envuelven y nos lo ocultan las tinieblas. Amamos locamente esta luz que resplandece en la tierra, a causa de nuestra inexperiencia de otra vida; y sin saber nada de lo que pasa debajo de la tierra, nos asustamos de vanas ficciones.

FEDRA.— (A las sirvientes). ¡Alzad mi cuerpo, erguid mi cabeza! Amigas, mis miembros van a disolverse. [200] ¡Servidoras, sostened mis hermosas manos! Me pesa en la cabeza esta banda. ¡Quitádmela! Dejad que caiga mi cabellera por los hombros.

LA NODRIZA.— Ten ánimo, hija, y no agites penosamente tu cuerpo. Más fácilmente soportarás tu mal con reposo y con noble valor. Fatal es que los hombres estén agobiados de males.


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