Tragedias griegas
Tragedias griegas FEDRA.— ¡Ay, ay! ¡Ojalá sacase de vivo manantial un agua pura, y la bebiese, [210] y acostada bajo chopos negros, reposase en una verde pradera!
LA NODRIZA.— ¡Oh hija! ¿qué dices? No digas eso ante la muchedumbre; no profieras esas palabras llenas de demencia.
FEDRA.— (Levantándose del lecho). ¡Llevadme a la montaña! Iré a la selva y a los pinares, donde los perros exterminadores de animales salvajes corren y se abalanzan sobre los ciervos tachonados. ¡Por los Dioses! ¡con mis clamores quisiera excitar a los perros, [220] y blandir junto a mi cabellera rubia la pica tesaliana, oprimiendo en mi manó el dardo agudo!
LA NODRIZA.— ¡Oh hija! ¿a qué viene abrigar semejantes pensamientos? ¿Por qué te preocupas asà de la caza? ¿Por qué deseas claras fuentes? Junto a la morada pasa un manantial de agua corriente en donde puedes beber.
FEDRA.— ¡Artemisa, señora de la marÃtima Limna[194] y de los gimnasios hÃpicos! [230] ¡si estuviera yo en tus llanuras, desbravando a los caballos vénetos[195]!