Tragedias griegas
Tragedias griegas FEDRA.— ¿Qué haces? ¿Quieres violentarme cogiéndome la mano?
LA NODRIZA.— (Abrazándose a las rodillas de Fedra). Y también las rodillas, que no he de soltar.
FEDRA.— ¡Desdichada de ti, oh infeliz, si supieras esos males!
LA NODRIZA.— ¿Hay para mà mayor desdicha que la de perderte?
FEDRA.— Perecerás. Sin embargo, esto puede acabar dándome gloria.
LA NODRIZA.— [330] ¿Y me ocultas esas cosas gloriosas, a pesar de mis súplicas?
FEDRA.— Es que busco un final honroso para cosas vergonzosas.
LA NODRIZA.— Por eso, diciéndolas, serás más honrada.
FEDRA.— ¡Vete, por los Dioses! Suéltame la mano.
LA NODRIZA.— No, por cierto, mientras no me concedas lo que te pido.
FEDRA.— Te lo concederé, porque respeto la santidad de tus manos suplicantes.
LA NODRIZA.— (A una señal suya, desaparecen las criadas que le acompañan). Me callaré, pues. Tú eres quien ha de hablar.
FEDRA.— ¡Oh madre desventurada, con qué amor amaste!