Tragedias griegas

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LA NODRIZA.— Déjame hacer, ¡oh hija! que yo lo arreglaré todo. (A Afrodita). Pero ayúdame tú, ¡oh mi señora Cipris nacida del mar! Para los demás designios que medito, me bastará advertir a los amigos que están en la morada. (La Nodriza entra en palacio).

EL CORO.—

Estrofa I: ¡Eros, Eros, que derramas el deseo con los ojos, haciendo penetrar la suave voluptuosidad en las almas de los que sitias, no seas enemigo mío nunca, y no vengas furioso contra mí![530] Porque ni el fuego ni el dardo de los astros superiores son como el de Afrodita que lanzas con tus manos, Eros, ¡oh hijo de Zeus[215]!

Antistrofa I: En vano, en vano junto al Alfeo[216] y en el santuario Pítico de Febo, Grecia acumula sacrificio de toros, si no reverenciáramos a Eros, tirano de los hombres, hijo de Afrodita, [540] que tiene las llaves de los carísimos lechos nupciales y que prodiga calamidades a los mortales cuando cae sobre ellos.

Estrofa II: Cipris se llevó de las moradas en una nave a la joven ecalia[217], virgen e ignorante de lo que eran bodas; no uncida al yugo del lecho, sin conocer antes varón ni tálamo nupcial, [550] desunciéndola de la casa de Éurito, como una Náyade fugitiva[218] y una Bacante, entre sangre, entre humo e himnos de muerte[219], Cipris se la entregó al hijo de Alcmena ¡Oh! ¡qué desdichada fue por culpa de esas bodas!


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