Tragedias griegas
Tragedias griegas EL MENSAJERO.— Junto a la costa lavada por las olas, peinábamos las crines de los caballos con almohazas, y llorábamos porque habÃa venido un mensajero diciendo que Hipólito no volverÃa a poner los pies en esta tierra, castigado por ti con un destierro lamentable. Y a la costa vino él mismo trayendo también tan triste noticia, [1180] y le seguÃa una muchedumbre de amigos. Por fin, sin gemir ya, dijo: «¿Por qué lamentar esto? Tengo que obedecer a las palabras de mi padre. Servidores, uncid, los caballos al yugo del carro. ¡Porque ya no existe para mà esta ciudad!». Y nos dimos prisa todos; y más rápidos que la palabra, presentamos al amo los caballos uncidos. Y tomó él con sus manos las riendas en el extremo anterior, y metió sus pies en los hermosos borceguÃes del carro. [1190] Luego suplicó a los Dioses, con las manos extendidas: «¡Zeus, no viva yo si soy un hombre perverso; pero que sepa mi padre cuánto me ha injuriado, muriendo yo o viendo todavÃa la luz!». Y entonces empuñó el látigo y excitó con él a los caballos. Y los servidores seguimos al amo, al lado del carro y los frenos, por el camino directo de Argos. Pero, después de entrar en un desierto que hay fuera de esta tierra, [1200] llegamos a la orilla del mar de Sarónico[252]. Un ruido cual el rayo subterráneo de Zeus estalló allà con una trepidación terrible que asustarla a quien lo oyera, y los caballos irguieron la cabeza y las orejas, y apoderóse de nosotros un temor grande por no saber de dónde procedÃa aquel ruido. Pero, al mirar a la costa en que rugÃa el mar, vimos una ola inmensa que llegaba al Urano y ocultaba a los ojos la playa de Scirón. Y cubrió el istmo y la roca de Asclepio[253]. [1210] Inflándose luego y haciendo borbotear con estrépito una espuma inmensa[254] impulsada por el viento, se estrelló en la orilla donde estaba el carro de cuatro caballos. Y de aquella ola enorme y de aquella tempestad surgió un toro, un monstruo salvaje, cuyo mugido llenaba la tierra y resonaba horriblemente. Y aquel espectáculo era más espantoso de lo que los ojos podÃan soportar. Bruscamente invadió a los caballos un terror violento; [1220] y el amo, tan hábil en el arte de guiar, tomó las riendas, echándolas atrás, como hace el marinero con el remo, y se ciñó al cuerpo las correas. Pero los caballos arrancaron furiosos, tascando con su boca los frenos endurecidos al fuego, sin hacer caso ya de la mano del amo, ni de las riendas, ni del carro sólido. Y cuantas veces dirigÃa el timón[255] hacia un camino llano, aparecÃa el toro ante los caballos para hacerlos retroceder, y les infundÃa un espanto loco. [1230] Y cuando ya iban, furiosos, por las rocas, el monstruo se acercó en silencio y los siguió hasta el momento en que volcó el carro, rompiendo contra una roca las ruedas. Todo quedó revuelto; saltaron los radios de las ruedas y las clavijas de los ejes. Y el desgraciado, cohibido por las riendas y sujeto por lazos enredosos, estrellándose la cabeza contra las rocas y desgarrándose el cuerpo, gritaba, con voz lamentable al oÃdo: [1240] «¡Deteneos, caballos que alimenté en mis cuadras, no me matéis! ¡Oh terrible imprecación de mi padre[256]! ¿Quién vendrá a salvar a un hombre inocente?». Y muchos de entre nosotros lo deseaban; pero estábamos muy atrás. Por fin, libre de las riendas que le oprimÃan, cae, sin más que un último soplo de vida. Y los caballos y el prodigio del toro desaparecieron, no sé por dónde, tras de la tierra montuosa. Por lo que a mà respecta, ¡oh rey! esclavo soy de tus moradas; [1250] pero no podré jamás creer que tu hijo fuese un malvado. Aun cuando toda la raza de las mujeres se ahorcase, aun cuando se cubriera de acusaciones toda la selva del Ida[257] convertida en tablillas, seguirÃa convencido de que él es inocente.