Tragedias griegas
Tragedias griegas EL CORO.— ¡Ay, ay! ¡Ya se han consumado nuevos males! ¡No hay refugio contra la Moira y la necesidad!
TESEO.— Si me dejara llevar del odio que tengo al hombre que ha sufrido eso, me regocijarÃa, en verdad, con tus palabras; pero, por respeto a los Dioses y por él, que ha nacido de mi, [1260] ni me regocija ni me aflige esa desgracia.
EL MENSAJERO.— ¿Qué haremos, pues? ¿Traeremos aquà al desventurado? ¿Qué tenemos que hacer para complacer a tu alma? Reflexiona. Si siguieras mi consejo, no serias cruel para tu desdichado hijo.
TESEO.— ¡Traedle, a fin de ver con mis ojos al que negó haber mancillado mi lecho, y a quien confundo con mis palabras y con este castigo divino!
EL CORO.— Tú sometes el corazón indomable de los dioses y de los hombres, Cipris, [1270] y contigo el de alas multicolores[258], asediándolos con rápido vuelo. El revolotea sobre la tierra y el sonoro mar salino. Eros encanta a aquel sobre cuyo corazón enloquecido lanza su ataque con sus alas doradas; a las fieras de los montes y de los mares y a todo lo que la tierra nutre y contemplan los ardientes rayos del Sol, y también a los hombres, [1280] pues tú eres la única, Cipris, que ejerces sobre todos una majestad de reina.
(Encima de palacio aparece Artemis con el arco y las flechas).