Tragedias griegas
Tragedias griegas ARTEMISA.— ¡Hijo Eupatrida de Egeo! te recomiendo que me escuches. Te estoy hablando yo, Artemisa, hija de Latona. ¡Oh Teseo desdichado! ¿Por qué te alegras de estos males, habiendo matado injustamente a tu hijo con pruebas inseguras, persuadido por las mentirosas palabras de tu mujer? Te hiere una calamidad manifiesta. [1290]¿Cómo no ocultas tu cuerpo en los tártaros de la tierra, enrojeciendo de vergüenza, o no huyes por la altura, alejándote de este desastre a fuerza de alas? En verdad que ya no puedes continuar tu vida entre los hombres de bien. Escucha, Teseo, el encadenamiento de tus desventuras. Ya que no puedo hacer que te aproveche, te haré que lo sientas, por lo menos. He venido aquà con el fin de poner de relieve el alma piadosa de tu hijo y su muerte gloriosa, [1300] y el furor de tu mujer y también su generosidad. En efecto, ella ha amado a tu hijo, mordida por el aguijón de la Diosa que, entre todas, es más odiosa para mÃ, como para cuantos aman la virginidad. Esforzándose en vencer a Cipris con la razón, ha caÃdo, a pesar suyo, por culpa de los ardides de su nodriza, que ha revelado su mal a tu hijo tras de hacerle jurar que se callarÃa. Y éste, como era justo, no cedió a sus palabras; y aunque maltratado por ti, no ha violado su juramento, porque es piadoso. [1310] Pero ella, temerosa de ser traicionada, ha escrito esas falsas revelaciones y ha perdido a tu hijo con su astucia; y sin embargo, te ha convencido.